
El observador detrás de la acción: una crítica ontológica a la obsesión organizacional por lo procedimental
3 diciembre, 2025En el mundo organizacional solemos poner el foco en las competencias técnicas: herramientas, metodologías, procesos, indicadores y tecnologías. Son necesarias. Sin ellas, la acción carece de forma, estructura y dirección. Nos permiten estandarizar, medir y escalar el trabajo.
Pero no son suficientes.
Una y otra vez observamos organizaciones con excelentes sistemas y profesionales altamente capacitados que, aun así, no logran los resultados esperados. No por falta de conocimiento técnico, sino por dificultades humanas que atraviesan la ejecución cotidiana.
Debajo —o más profundamente— de toda competencia técnica existen las human skills: aquellas capacidades que hacen posible que el conocimiento técnico se traduzca en acción efectiva, coordinación fluida, aprendizaje colectivo y resultados sostenibles en el tiempo. Son el terreno desde el cual la técnica cobra sentido y viabilidad.
Las herramientas no funcionan por sí mismas.
No toman decisiones, no interpretan contextos, no coordinan compromisos ni gestionan quiebres.
Funcionan en la medida en que los seres humanos que las utilizan saben coordinarse con otros, comunicarse con claridad, interpretar adecuadamente la realidad y hacerse cargo de sus emociones, juicios y decisiones. En última instancia, la efectividad organizacional no depende solo de lo que se sabe hacer, sino de cómo las personas conversan, se comprometen y actúan juntas.
Entre estas competencias humanas fundamentales encontramos:
Comunicación: Comunicar no es transmitir datos, sino generar entendimiento compartido y condiciones de coordinación. Las organizaciones existen como redes de conversaciones: peticiones, ofertas, promesas, declaraciones y evaluaciones. Cuando estas conversaciones carecen de claridad, distinción y responsabilidad, la acción colectiva se fragmenta. La comunicación efectiva permite formular peticiones claras, hacer ofertas viables y establecer condiciones de satisfacción explícitas, creando alineación y sentido en torno a un propósito común. Allí donde la comunicación falla, no solo se pierde información: se quiebran posibilidades de acción.
Gestión emocional: Las emociones no son un obstáculo para la racionalidad; son el trasfondo desde el cual interpretamos el mundo y actuamos en él. Cada conversación para la acción está sostenida por un estado emocional específico: la confianza habilita promesas, el miedo inhibe peticiones, la resignación debilita el compromiso, la ambición abre futuro. Gestionar emocionalmente no implica “controlar” emociones, sino aprender a reconocerlas, legitimarlas y utilizarlas de manera funcional al contexto. Sin esta competencia, las conversaciones se vuelven defensivas, reactivas o evasivas, afectando directamente la calidad de las coordinaciones.
Pensamiento crítico (lógica clásica): El pensamiento crítico es una competencia clave porque permite distinguir hechos de juicios, observar los supuestos que sostenemos y evaluar la validez de nuestros razonamientos. En las organizaciones, muchas decisiones se toman sobre juicios no examinados que se confunden con hechos. La lógica clásica aporta estructura para argumentar, fundamentar evaluaciones y revisar creencias que condicionan la acción. Sin pensamiento crítico, las conversaciones se vuelven imprecisas, dogmáticas o dominadas por narrativas no cuestionadas.
Integración y trabajo en equipo: Desde esta perspectiva, ningún resultado relevante es individual porque toda acción significativa emerge de redes de compromisos interdependientes. La integración no consiste solo en colaborar, sino en reconocer que el cumplimiento de una promesa depende de otras promesas. Trabajar en equipo implica construir confianza conversacional, aceptar la legitimidad del otro como observador distinto y articular diferencias en lugar de eliminarlas. Cuando esta integración falla, el sistema se fragmenta y las promesas se debilitan.
Coordinación efectiva: La coordinación es el núcleo de las conversaciones para la acción. No basta con “estar ocupados” o “hacer tareas”; se requiere coordinar peticiones, ofertas, promesas, tiempos y condiciones de satisfacción. La efectividad organizacional no se juega en la cantidad de acciones, sino en la calidad de estas coordinaciones. Una coordinación deficiente genera retrabajo, frustración y quiebres no declarados; una coordinación consciente habilita fluidez, responsabilidad y aprendizaje.
Liderazgo: El liderazgo no es una posición jerárquica, sino la capacidad de intervenir efectivamente a través de conversaciones en el sistema. Lidera quien sabe abrir futuros mediante declaraciones, movilizar voluntades a través de promesas significativas y sostener conversaciones difíciles cuando aparecen quiebres o incertidumbre. El liderazgo se expresa en la habilidad para cuidar la red de compromisos, declarar lo que no está funcionando y generar nuevas posibilidades de acción colectiva.
Las competencias técnicas responden al qué y al cómo: qué herramienta utilizar, qué proceso seguir, cómo ejecutar una tarea o aplicar una metodología. Nos dan estructura, método y un marco de acción observable. Son visibles, medibles y, en muchos casos, certificables.
Las human skills, en cambio, responden al desde dónde actuamos como personas y como equipos. Hablan del observador que somos, de la manera en que interpretamos la realidad, del estado emocional desde el cual tomamos decisiones y del tipo de conversaciones que sostenemos para coordinar acción. Ese “desde dónde” no siempre se ve, pero determina profundamente lo que ocurre.
Dos equipos pueden tener el mismo conocimiento técnico y usar las mismas herramientas, y aun así obtener resultados radicalmente distintos. La diferencia no está en el procedimiento, sino en la calidad de sus conversaciones, en la forma en que gestionan quiebres, en el nivel de confianza que construyen y en la responsabilidad con la que se hacen cargo de sus compromisos.
Por eso, el verdadero desafío del desarrollo profesional y organizacional no es elegir entre técnica o humanidad, como si fueran ámbitos opuestos, sino comprender que la técnica solo despliega su valor cuando está sostenida por competencias humanas sólidas. Sin ellas, la técnica se vuelve rígida, frágil o meramente formal; con ellas, se vuelve flexible, adaptativa y generativa.
Invertir en human skills no es un “extra”, ni un lujo reservado para momentos de estabilidad. Es trabajar en el fundamento mismo de la efectividad organizacional: la capacidad de coordinar acción, aprender de los quiebres, liderar en la incertidumbre y sostener resultados en el tiempo.




